Razón de qué, razón para qué
Hacia una nueva ley humana (desde la visión occidental del saber)
Entre las múltiples ligerezas que aguanta la posibilidad de la opinión, el presente texto buscará hacer una revisión filosófico-literaria sobre la producción del saber -el conocimiento- y su sentido en los tiempos que vivimos. En especial ante una realidad inmersa en la virtualidad, la incursión de las inteligencias artificiales y el progreso tecnológico.
Considero que el saber es para compartir, y el saber debe tener un sentido, que para mí corresponde a: la construcción de sociedad y la protección de la vida. Esta es la premisa para viajar entre los hilos de palabras agrupadas en párrafos que forman el cimiento del hogar en el cual habita mi opinión.
De esa idea surge la existencia de este diminuto y autodidacta espacio de escritura que les comparto, no con la esperanza de vivir de ello (cobrar) o encontrar fama, sino con la intención de crear para bien, compartir y abrir un espacio de opinión y debate; y como tal, agradezco a quienes se toman el tiempo de leerme, compartirme sus perspectivas y acompañarme en ese proceso de aprendizaje contiguo.
Luego de ese preámbulo, empezaremos rememorando el título del texto, el cual plantea un par de preguntas: De qué viene la razón, y para qué viene la razón. Esto con la finalidad de entender por qué se da la producción del saber y cuál es su objetivo. Lo anterior desde una visión occidental, porque es lo que más se ajusta a los modos globales de ver el problema del conocimiento.
Para empezar partiré de un texto de orden literario, casi mítico, el cual considero permite abordar de manera originaria el problema del saber. El libro es El Paraíso Perdido de John Milton. Este se basa en el mito bíblico -judeocristiano- del origen de la humanidad (Génesis) y plantea varios cuestionamientos éticos y morales relacionados con la experiencia humana.
Para este caso, en relación con el saber, me interesa la instauración de la primera ley propuesta por Dios para los primeros humanos Adán y Eva: No comer del fruto del árbol de la ciencia. Como bien es conocido por la cultura popular, en el mito del Génesis, Adán y Eva caen en tentación luego de ser incentivados por Satanás (ángel caído que renuncia y enfrenta a Dios). Comen del fruto prohibido y adquieren la iluminación.
Para leer la situación de la ruptura de la primera ley y la generación del pecado original, hay que comprender el sentido de la iluminación desde el acto de la desobediencia, dado que esa acción marcó la existencia de la dualidad entre el bien y el mal. Es que el ser humano, dotado de libre albedrío, estaba en la capacidad de decidir si obrar en el marco del cumplimiento de la ley sin importar nada más y así tener certidumbre sobre su posición en el mundo; pero la acción de la desobediencia planteó la posibilidad de obrar de manera contraria a lo esperado en función de la armonía con la Naturaleza -entiéndase Ésta en el presente texto, como el orden cósmico que rige el devenir del ser-.
Gustave Doré. Adán y Eva desterrados del Jardín del Edén por un ángel, Ilustración de la Biblia de Doré. URL: https://www.meisterdrucke.es/impresion-art%C3%ADstica/Gustave-Dore/1488673/Ad%C3%A1n-y-Eva-desterrados-del-Jard%C3%ADn-del-Ed%C3%A9n-por-un-%C3%A1ngel%2C-Ilustraci%C3%B3n-de-la-Biblia-de-Dore.html.
El mito que se crea alrededor del fruto prohibido no es sobre que la ciencia fuese un problema para la humanidad o que fuese única para seres superiores; porque se planteó desde un principio que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, y como tal, está en la capacidad de hacer y entender la ciencia, de obrar, crear y saber como Él. El hecho de desobedecer es lo que generó la pérdida del paraíso, en el sentido de perder la certeza sobre el buen accionar humano y la armonía con el entorno (el bien superior). El acto de renunciar a la certeza fue el pecado original consumado (curioso que cuando Satanás se lleva el fruto al Infierno, este sea una manzana de cenizas, cual manzana de Sodoma, cuyo fruto se ve apetitoso a la vista, pero al comerla sabe a polvo y ceniza), y que persigue a la humanidad desde su llamado de conciencia.
En el momento que el ser humano pierde la concordia con el estado natural de las cosas y existe una categorización del bien y el mal, surge la ciencia -producción del saber- como aquella herramienta para retomar el dominio de la Naturaleza y tratar de diferenciar lo correcto de lo incorrecto, lo justo de lo injusto, la verdad de la mentira. Sin embargo, recordemos que al quedar el ser humano en la dualidad entre el bien y el mal, sin certezas y desterrado, sujeto a su libre albedrío, está en la capacidad de construir y aprovechar el saber para bien o para mal. Esto último es clave para entender la experiencia humana en la tierra, porque si es para mal surge el conflicto, mientras que si es para bien crea armonía.
En el texto se hace evidente que la existencia de la dualidad marca el proceso trágico de existir de la humanidad. Pero así como reveló el arcángel Miguel a Adán, en el intermedio, para aliviar el sufrimiento cada tanto surgen nuevas leyes de relación entre el hombre y la Naturaleza, a través de las síntesis religiosas profesadas por Abraham -con el pacto divino por la tierra prometida-, Moisés -con los 10 mandamientos- y Jesucristo/Mahoma -con el mandamiento del amor y la compasión-. En ese proceso nos damos cuenta de que para la humanidad no ha existido una única ley, estas pueden cambiar y se ajustan a las necesidades del momento. A su vez, tampoco se puede desconocer que existen elementos culturales que rigen la vida práctica -ética y moral- de los seres, y que ha estado cimentada en la religión.
En la historia de la humanidad tras el auge del Imperio Romano, la síntesis cultural que imperó en occidente estuvo relacionada con la moral judeo-cristiana -e incluso islámica con el Imperio Otomano-. Doctrinas monoteístas que dictaron las leyes de los hombres por muchos años. En ese momento la producción del saber era mística y quedó en manos de los poderosos que dominaban los imperios. Sin embargo, con la Ilustración, la Revolución Industrial y la consolidación de los Estados-Nación, surgió un proceso cultural determinante en la historia humana. Allí, el poder de la nobleza y el clero en el sistema feudal se superó hacia la “democratización” de la razón; en vez de siervos, aparecieron los ciudadanos; en lugar de superstición, surgió la ciencia; en vez de dogmas, prevaleció la libertad de pensamiento. En ese momento se presentó un nuevo rompimiento de la ley que relacionaba a la humanidad con la Naturaleza y su producción del saber.
En línea con lo anterior, una obra literaria que expone una reflexión sobre los límites del conocimiento, la naturaleza del bien y del mal, y la búsqueda de la plenitud espiritual (sentido de vida) es Fausto de Johann Wolfgang von Goethe. En la obra, Fausto representa el arquetipo del intelectual, es la encarnación de la Ilustración y su estado de conflicto con la Naturaleza (fiel a la corriente literaria del romanticismo). De manera que, Fausto es un personaje que se encuentra consumido por una sed insaciable de conocimiento y dominio del estado de las cosas que lo conduce hacia los abismos de la angustia existencial.
Eugène Delacroix. Mefistófeles apareciendo a Fausto. URL: https://www.meisterdrucke.es/impresion-art%C3%ADstica/Eug%C3%A8ne-Delacroix/1285386/Mefist%C3%B3feles-apareciendo-a-Fausto.html.
Fausto representa al hombre queriendo abarcarlo todo a través del saber. Es un hombre que con el favor de un pacto con Mefistófeles quiere realizar su deseo marcado por la ambición. Él busca la sabiduría sin importar el cómo e incluso desconociendo el para qué (porque simplemente la quiere para sí y para estar en el trono del mundo), y con su relación con Mefistófeles evidencia la pérdida de la moralidad y los valores absolutos. Sin embargo, pese a lograr solventar sus deseos siempre está insatisfecho y los resultados colaterales son nefastos para quienes lo rodean -tragedia-. Por tal motivo, Fausto al final de su vida descubre que la felicidad y el conocimiento absoluto no son tan importantes como la moralidad y la ética (y esto es algo que está de manera inherente en el hombre). En ese momento Fausto recibe la redención a través de la compasión (la ley del amor que siempre está disponible para todos).
La situación de un ser que en solitario, sin importar cómo y sin saber por qué, busca abarcar la totalidad de la realidad a través del saber, muestra una reflexión sobre la experiencia humana y su confrontación con los límites de la existencia. La tragedia es el destino de ese ser, y su salvación se encuentra en el equilibrio entre un saber con un sentido y el estado natural de las cosas, reconociendo la imposibilidad de alcanzar plenitud en el ejercicio del poder de la razón abstracta, sino en una razón práctica que se ciñe a valores que favorecen el libre desenvolvimiento de la experiencia de ser humano.
Lo expuesto por Goethe también se ve sustentado en el diagnóstico cultural de Nietzsche en La Gaya Ciencia y Así habló Zaratustra (dos textos filosóficos que vuelvo a nombrar en un escrito) sobre que: “...Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado…”.
El diagnóstico cultural habla de cómo la producción del saber -la ciencia- domina las creencias de los hombres, por encima de los ideales religiosos y valores absolutos, producto de esa dualidad que atraviesa la experiencia humana por no saber diferenciar entre el bien y el mal. Esa situación deja al ser en una condición de relatividad moral y nihilismo. Por tanto, Nietzsche propone que para superar el nihilismo, es necesario plantear unos nuevos valores -no absolutos, sino prácticos y ceñidos a la aceptación de la vida- que fundamenten la experiencia humana y reconcilien su relación con la Naturaleza.
A partir del diagnóstico de Nietzsche, una obra filosófica moderna que mantiene su vigencia y relevancia para comprender este problema es el análisis desarrollado por Theodor Adorno y Max Horkheimer en Dialéctica del Iluminismo. Allí examinaron la paradoja de la razón ilustrada, la cual buscaba que el hombre alcanzara la libertad; sin embargo, la razón se volvió en un instrumento que instauró orden y control sobre la sociedad a través de la lógica de la eficiencia. De manera que la Ilustración se tornó en un modo de aprovechar el saber para la ejecución de una barbarie (produciendo las grandes guerras y genocidios del siglo XX), donde la razón terminó (y aún funciona así si analizamos nuestros tiempos) como una herramienta para la dominación de las cosas e incluso la generación de conflicto -como si los primeros demonios que refrendaron la ley original siguieran influyendo sobre las decisiones de los hombres-.
El dominio de la razón instrumental se hace a través de la ciencia, bajo la máscara de unas pretensiones de objetividad y neutralidad, pero que está sujeta a aspectos ideológicos y económicos, en los cuales todo se cosifica porque tiene potencial de explotación y conversión en mercancía. De manera que en la modernidad el saber funciona como un proceso sin sentido colectivo y que coarta la libertad en la experiencia humana.
Ante esta situación, los autores proponen que a partir de un ejercicio dialéctico negativo (contrario a la dialéctica positiva de Hegel donde el saber debía ser absoluto), se tenga en cuenta esta condición de conflicto y diferencia como elementos constitutivos de la realidad, reconociendo que la Ilustración generó una promesa incumplida y se volvió en una herramienta de ejecución de poder alienador.
Bajo este entendimiento es muy importante volver a preguntarse el para qué de la ciencia, porque la tecnología y la ciencia no son buenas o malas, pero cuando se utilizan sin una reflexión ética y social, pueden convertirse en instrumentos de opresión.
Es que el progreso científico y tecnológico, a través de la búsqueda de la “verdad”, con su actividad de desmantelamiento de la dimensión mítica de las fuerzas antropomórficas en la naturaleza, dejó de ser un logro del pensamiento sino un producto de la industria de la utilidad. Por tanto, en el ejercicio de la dialéctica negativa se usa una estrategia para desmantelar esta lógica y exponer sus contradicciones internas, dándole una la vuelta a la situación y así ofrecer un sentido orientado en valores prácticos de búsqueda de bienestar social, valores que reconocen la condición humana de estar en constante dualidad de bien y mal, y que exige responsabilidad y autonomía.
Ahora, asentando las ideas analizadas en nuestra realidad social. Resulta que entramos en una época geológica denominada como el Antropoceno que, según el biólogo Eugene F. Stoermer y el químico Paul Crutzen, está caracterizada por el impacto significativo de la actividad humana en la Tierra, lo cual se ha hecho por medio del proceder científico producto de las revoluciones industriales. Como resultado la humanidad empieza a afrontar una crisis climática y situaciones de conflicto por los recursos naturales. De otra parte, estamos en fase de aceleración del progreso científico por medio de la evolución de la inteligencia artificial e incluso se habla del alcance de la Singularidad -una situación en la que la IA supera la inteligencia humana provocando cambios irreversibles y que crecen de manera exponencial-. Situación que mantiene a la humanidad con incertidumbre sobre lo que le depara el futuro, si una utopía o una distopía.
En todo ese trasegar de progreso tecnológico y científico será que nos hemos detenido a pensar cuál es el sentido de esa producción del saber. Cómo está afectando esa situación a nuestro ser y entorno. En qué se está aprovechando e implementando el progreso tecnológico, si es para acción de dominación o de emancipación de la humanidad. Incluso en el periodo de la posverdad, preguntarnos cómo los discursos se aprovechan del saber para fomentar el engaño y alienación del ser ( discursos de los afamados espectros políticos de “derecha” e “izquierda” que dominan la opinión pública).
Entonces, interiorizando que la razón surge incluso desde su fase mítica como una herramienta para la dominación del estado natural de las cosas (entre ellas la propia humanidad); la razón instrumental que busca ser absoluta y dominarlo todo es un sinsentido, un imposible para el hombre y una fuente de desdicha y angustia que impide vivir en armonía con el otro, lo Otro y la Naturaleza. Por tanto, reconociendo esa situación de la producción del saber, es imperativo instaurar una nueva ley y aplicarla como humanidad.
En conclusión, teniendo presente que la producción del saber es transversal en la vida del ser desde su origen y es un elemento crítico para la comprensión de la experiencia humana, si es orientado para bien puede unir en armonía y dar sentido a la vida (plenitud espiritual); por tanto, se debe postular que: El saber es para todos y debe hacerse en comunidad. Su fin es la afirmación de la vida. Y los valores prácticos que lo cimientan -la libertad, la responsabilidad, el pundonor y la confraternidad- tienen que guiar el devenir humano hacia un equilibrio con la Naturaleza, porque no somos ajenos a ella: somos parte de un mismo principio. Toda forma de conocimiento que olvide esto, será tierra infértil, y si algo llegase a brotar de ella serán frutos de cenizas.
